Ya desde 1924 el padre Kentenich hablaba sobre la importancia del “arte de escuchar” (“Kunst des Hörens). Pero más tarde en el 1931, con la famosa jornada pedagógica “Ethos und ideal” distingue ya entre el arte de escuchar con atención y el arte de escuchar y de captar lo no expresado con palabras. (“Kunst des Zuhörens y Kunst des Heraushörens”). Ese juego de palabras no lo contamos en el español, por eso generalmente lo traducimos con sus complementos.
Para resumir sistemáticamente estos pensamientos, se puede caracterizar como escucha comprensiva todo lo que el PK quiso decir con esos dos conceptos. Y así lo justifica un análisis más detallado de ciertas declaraciones del Padre: “nos hallamos ante una especie de apogeo de personalidades con el arte de hablar, pero no del escuchar y comprender”. De ahí la consonancia de estos dos verbos, escuchar y comprender, quién escucha con verdadera atención, procura comprender cabalmente a su interlocutor.
A continuación quisiera simplemente enumerar una serie de atributos que para el PK comprenden y preceden al arte de Escuchar. Este arte no es posible si detrás no se esconden estos atributos. Si bien aquí se encuentran detallados con mis palabras, les recomiendo leer y estudiar la jornada pedagógica del año 31. Imperdible y única, desarrollado más de 80 años atrás, que aún hoy cuenta con una vigencia.
La escucha se desprende de una actitud de servicio. “Quien quiere servir, reina”. El servicio implica de por sí un respeto abnegado por la originalidad del otro. Servicio implica pensar en el otro, buscar lo que al otro le sirve, le preocupa, le interesa. El servicio no es una búsqueda de sí mismo. Por ello la pregunta es siempre qué busco con las relaciones que género. En qué actitud se basan las relaciones que establezco. Es siempre muy fructífero analizarse continuamente sobre este punto. Para grandes puestos de liderazgo, en la gestión de personas, la tentación de basar todas nuestras relaciones según los resultados a conseguir es muy alta. El tipo de Liderazgo se suele confundir con caudillismo, donde este tipo de liderazgo ejerce más bien en el séquito una fascinación, una necesidad o conveniencia. Ellos se amoldan, ellos tienen que cambiar, si quieren seguir, no es una vía bidireccional. La actitud de servicio nos lleva a confrontar seriamente con nosotros mismos, por el tipo de relación que establecemos: “Servir a” o “servirnos de”.
La abnegación. Es la imagen del árbol, de la roca. Lo sólido no es atractivo, ni divertido, pero es importante y necesario para el desarrollo de todo ser humano. La abnegación es la capacidad interior de haber integrado los elementos que constituyen nuestra propia historia. Integrado en una imagen sería como la de no encontrar en mi interior cables sueltos, que generan inesperadamente y de manera abrupta cortos circuitos. Integración es sinónimo de estabilidad. Se puede confiar en mí. Soy una casa con cimientos, no me derrumbo con el tiempo. La abnegación es una característica del adulto. El adulto no compite con sus hijos ni se proyecta en ellos. El adulto se comprende en relación de las personas que cuida y dependen de Él.
Sin abnegación no hay posibilidad de servicio, de ahí la necesidad de una permanente auto – revisión, ya que muchas veces los cables sueltos nos terminan traicionando, donde la actitud más abnegada termina muchas veces siendo una simple máscara, detrás hay una gran búsqueda de sí mismo, sed de reconocimiento, de aplausos. Sin abnegación no hay escucha posible, porque mis voces siguen activas, transformando la voz del otro en ruido. José Kentenich, JP “Ethos und ideal”, año 1931 2 P. Alexandre Awi, El arte de ayudar, 2017 1 El amor, es esencial para el arte de escuchar. El que ama es porque es libre, sobre todo de sí mismo, de sus propios egos, de sus megalomanías, de sus complejos, de la necesidad de llevar adelante una imagen. No puedo amar plenamente sino integro mis cables sueltos, porque en esos instintos, por más nobles que sean habrá siempre algo de adolescente, de vida no vivida, de afán de compensación. Por eso que el PK insiste que la autoeducación es una tarea de toda la vida, aprender siempre a amar, amando. El que ama de por sí no esconde lo que es. No le importa mucho tampoco cómo es, su fuerza se orienta en la persona amada.
El amor es una fuerza unitiva y asemejadora, repite siempre el PK. Por eso el amor siempre respeta y busca una sana distancia con el otro. No lo consume. Lo contempla. Se deja llenar y se entrega sin condicionamientos. El que no ama, por otro lado no es capaz de romper su soledad. Usa a los demás para llenar ese vacío. Se proyecta en los otros. El amor nos une espiritualmente al otro, y rompe esa “separatidad” angustiosa y nos devuelve paradójicamente de manera distinta y renovada. No se agota nuestra identidad en la donación al otro, porque la donación siempre genera al inicio una sensación de “muerte”, de “debilidad”, de “perdida” o de “vulnerabilidad” lo que frena muchas veces nuestra capacidad de amar. La verdad es todo al contrario, el que ama, el que se dona, su identidad se vuelve más plena. El que no ama no escucha a los demás. Se escucha a sí mismo en los demás.
Lo religioso. En un mundo donde todo se revuelve. Donde todo como una rueda gira muchas veces a velocidades clamorosas y sin precedentes. Los eventos pasan y pierden fuerza en nuestra memoria, las personas nos fallan, los objetos y bienes no nos llenan más que por momentos. La roca, el árbol para convertirse en eso, necesitan un fundamento que sea distinto a todo lo que hay de contingente en el mundo. Algo que nos permita “tocar” lo trascendente. Alguien que nos eleve del caos del movimiento y nos permita ver el orden intrínseco de las cosas, que hay un sentido mucho más grande que todo lo encamina y lo ordena.
Y que las cosas no se agotan en el presente. Que la carrera de la vida no es de 100 metros, sino más bien una gran maratón. Es resistencia, y la resistencia nos exige disciplina, inteligencia, sensatez, perseverancia, humildad y visión. En esta carrera de resistencia, nuestra mirada se empaña, necesitamos a Alguien que refleje lo más puro y límpido en una realidad a veces tan sucia. Alguien quien transparente lo simple y sencillo en un mundo tan enmarañado, engañoso y complejo. Alguien quien regale su bondad y belleza en un mundo cargado de dolor, de desesperanza y de amargura. Sin un fundamento religioso, es decir un anclaje en Dios, no hay una compresión enaltecedora dice el PK, porque Dios a través de sus ojos, no ve un pescador sino un apóstol, Él no ve un publicano sino a su evangelista, Él no ve una adultera sino una mujer quien ha sufrido mucho y quién tiene mucho para dar. La mirada de Dios ve el tesoro escondido en cada campo, en cada hombre. Trabaja desde lo bueno que hay en el hombre. Es paciente y cree y apuesta en el otro como solo Dios haría. Ni siquiera nosotros somos capaces de mirarnos con tanta estima así como Dios lo hace. Esa capacidad de compresión y de escucha, es reflejo del que “está conectado con Dios”, enraizado en la Vid. Y por eso y sólo por eso se vuelve capaz de “escuchar” y “comprender”.


