Me gustaría comenzar contándoles que las misiones para mí significan, amor, paz, alegría, servicio y entrega. En pocas palabras es algo que te hace sentir pleno.
Empecé a misionar en las Misiones Tupãrenda en el 2015, a la edad de 15 años, era la más chica creo entre todos, pero me sirvió para aprender, crecer espiritualmente y también como persona. Además conocí personas que se hicieron grandes amigos míos y a los que quiero muchísimo.
Cuesta ser misionero 365 y no ser parte de la masa, ser esa luz en la vida de las personas de nuestro entorno, con nuestra esencia y sin miedos. Cuesta porque tenemos nuestros problemas, el trabajo, colegio y también hay todo tipo de personas con pensamientos y caracteres diferentes.
En el 2017 terminaba las MTR en Itá, ese año terminé el colegio y la verdad estaba bastante agotada, física, mental y emocionalmente, por que terminé un técnico que no me gustaba tanto, estaba lejos de mi familia y de mis amigos y ya tenía que decidir qué carrera seguiría en la universidad.
Pero dentro de tantos dramas, Dios ya iba preparando algo grande para mi corazón y que iba a cambiar totalmente mi forma de ver las cosas.
UN GRAN SALTO AL VACÍO
Comenzaba el 2018 y empezaba también un nuevo ciclo de las MTR en Altos y por primera vez sentí eso de dar un salto al vacío, me fui con 0 expectativas, feliz y súper ansiosa por conocer a mi familia y mi comunidad. Lo que no sabía era que en esos días también iba a conocer el amor verdadero.
Les cuento brevemente la hermosa historia de cómo Dios, la Mater y su hijo intercedieron para que conozca el amor terrenal más lindo y sincero que pude sentir.
Era el primer día de misión y la comunidad que me tocó fue Santa Librada en Acuña, con unos painos y hermanos súper geniales. Teníamos también la bendición de que la comunidad es muy unida y que otros jóvenes locales fueron a misionar con nosotros y nos pudieron guiar.
Al medio día más o menos fue cuando llegamos a la casa de una pareja de ancianos, Ña Valentina y Don Félix, en ese momento de 86 y 91 años de edad. Ellos nos recibieron de una manera que no puedo explicar, era como si se sintiera su amor con solo mirarles, a parte también estaban súper felices con nuestra visita, nos presentamos y se sorprendieron al saber que veníamos de ciudades que están lejos de Altos.
Nos contaron que ellos viven solos, que sus hijos viven hacia Asunción y que los visitan solo los fines de semana, nos dijeron también que el señor ya no veía casi nada, pero recorría su terreno porque sabía el camino de memoria.
Por el problema de Don Félix, la que se ocupa de los animales es Ña Valentina, que muy temprano se levanta a sacar sus vacas del corral y llevarlas a su campo a pastar, además alimenta a sus gallinas, patos y gansos, mientras una señora los ayuda con la limpieza de la casa, la comida y se queda con ellos hasta el mediodía.
Nos dijeron muchísimas cosas, pero hubo algo que ése día resaltó de todo y fue algo que dijo Don Félix: «Ani peheja ko iporãiteva pejapoa, ndaiporivei peêichagua, peñembo’e heta arã». Después con tristeza nos contaron que hace tiempo ya no iban a misa, porque casi nunca iba el padre a la comunidad y que las pocas veces que iba, ellos no podían ir por que les quedaba lejos para ir caminando, aparte de que el señor tampoco veía y era peligroso para que la señora vaya sola.
En ese momento le dijimos con mi paino que le íbamos a buscar para la misa a Ña Valentina, porque Don Félix no quería ir por su condición, por más de que le insistimos. Le dijimos a la señora que se prepare para ese día, que se ponga «churra», que nosotros le íbamos a llevar de vuelta a su casa sin problemas. Después de eso, rezamos con ellos y nos despedimos, con un abrazo que me llegó a lo más profundo de mi corazón.

El DÍA MÁS ESPERADO
Llegó el día de la misa y como prometimos fuimos a buscarle a Ña Valentina, le encontramos súper linda y perfumada, se veía demasiado tierna y Don Félix me dijo «Peguerujeykena cheve», en tono de que le iba a extrañar a su esposa.
Ella se sentó delante mismo en la misa, estaba tan contenta que me transmitía esa emoción que sentía, al terminar la celebración entre lágrimas me abrazó y le abrazó a mi paino, nos dijo que la misa estuvo muy linda y nos agradeció por lo que hicimos.
Cuando llegó el momento de llevarle a su casa, tuve que ir con uno de los jefes, mientras mi familia se quedaba a ordenar todo. En el camino a su casa, todavía entre lágrimas, no me soltó un segundo de la mano, me dijo que yo era como su hija menor y que me quería muchísimo, yo le respondía que ella era mi mamá de Acuña y que también le quería muchísimo, y lo que más me llegó y me hizo llorar más de lo que ya estaba llorando fue que cuando nos bajamos para dejarle en su casa me dijo: «Che ha’e nde sy hina, aninati che reja, epytana che ndive», mientras me ponía bien mi cabello y me arreglaba mi ropa con toda la ternura que se puedan imaginar.
Sentí tanta paz en ese momento que ya no quería irme, pero no podía tampoco quedarme y me tuve que despedir, no sin antes pedirle la bendición y darle un último fuerte abrazo.
Así pasó ese año, conseguí estar en contacto con una de sus hijas, para saber de ellos, de su salud y para posibles visitas que lastimosamente no logramos concretar con mis papás. La única vez que pude visitarlos fue en la post misión y se pusieron súper felices al igual que yo al verlos, fue la única casa en la que llegamos y nos quedamos a hablar con ellos toda la mañana.
MIS PAPÁS DE ACUÑA
Este año fuimos a misionar y yo estaba con demasiadas ansias verle a mis papás de Acuña, tenía tanto que decirles y también quería escucharles, porque eso es lo que más necesitan. El primer día de misión luego ya me fui a su casa, fue la primera casa que visitamos con mis hermanos, yo estaba súper feliz, no paraba de hablar de ellos y cuando llegamos dije «Holaaa» y Don Félix me dijo súper feliz y seguro «Vos sos la Iteña», casi me muero de amor por el simple hecho de que se haya dado cuenta que era yo con solo escucharme, después ya vino Ña Valentina y me abrazó, fue como llegar a casa después de estar muchísimo tiempo lejos.
Como mis hermanos eran nuevos, los señores le empezaron a contar todo lo que pasó el año anterior y le hablaban de mí súper orgullosos como si fuera su hija, les contaron que estuve en contacto con una de sus hijas y así. Después le contamos que iba a haber una misa ese sábado y le dije que si quería ir podía ver la forma de buscarle y otra vez le dije que se prepare nomas para ese día que yo iba a pasar a buscarle.
Salí de la casa re contenta y con fuerzas para seguir misionando, feliz de que mis hermanos le hayan conocido a la Señora de la que no paraba de hablar.
Llegó el día de la misa, todos estábamos súper ocupados jugando con los niños, pero no me olvidaba de que tenía que ir a buscarle a Ña Valentina, apenas llegó uno de los jefes le pedí que por favor me lleve para poder traerle en el auto y me dijo que no había problemas. Nos fuimos a buscarle y esta vez le esperamos un ratito porque estaba ocupada, pero apenas me vio fue a cambiarse para ir con nosotros.
Cuando llegamos a la misa, se sentó en frente mismo y participó atentamente de todo, cuando terminó, muchas señoras se acercaban a ella para saludarle y expresarle su cariño, porque ya no podían visitarse.

También llegó el momento de las fotos, sacamos una de toda la gente que fue a la misa frente al oratorio y después en el momento en que yo hice una selfie con Ña Valentina, ella se vio en el celular y empezó a sonreír, «Iporãiteiko pe foto, che aipota, egueruna cheve » fue lo que me dijo y me repitió muchas veces de ida a su casa, tampoco volvió a soltarme de la mano ni un segundo y me dijo otra vez «Epytana che ndive, nde ko ha’e che memby michîveva, che ko upa roguerekose anihağua ojehu ndeve mba’eve, rohayhueterei».
En ese momento yo solamente lloraba, no sabía qué decir, estaba bastante sorprendida de como una persona que no me conocía en absolutamente nada, podía darme mucho más amor del que estaba acostumbrada a recibir en mi casa, o en cualquier lado.
Al bajarle otra vez a su casa, me preguntó si teníamos para cenar, que ella me iba a dar para llevar algo si es que me faltaba, le dije que no se preocupe, que estábamos bien y que teníamos todo. Tocó darle el último abrazo y me llegó al corazón con un «rohechaga’uta», le pedí la bendición y le prometí que le iba a llevarle las fotos apenas pudiera.
ROMPIENDO BARRERAS
Una semana después fuimos con mi novio y una pareja de amigos a llevarles las fotos y algunas cosas que les iban a ser muy útiles en la casa, gracias a Dios estaban muy bien y se pusieron felices con nuestra visita.
Conversando y escuchando todo lo que decían, me puse a pensar en lo fantástico que puede ser el amor, esa vinculación tan fuerte que se puede formar con una persona que conociste en un lugar que jamás pensaste recorrer, el amor de una mamá, de una abuela, que se preocupa por todos los detalles, es valiente y tiene las fuerzas suficientes para seguir adelante, sin importar lo que eso conlleve.
Esa pareja de ancianos me enseñó que la única barrera para poder sentir el cariño soy yo, que no tengo por qué guardar mis sentimientos hacia la gente que quiero, que tengo que regalar todo el amor que pueda a las personas que más necesitan. Lo que me pasó con ellos es un claro ejemplo de la famosa frase «Te vas a misionar y salís misionado», porque me enseñaron más de lo que yo a ellos.


