Para poder hablar de lo que significaron y del impacto que tuvieron estas misiones para mí, necesito remontarme a unos años atrás, cuando empezó mi caminar con Ella.
Hace muchos años, en el 2012, en una de mis primeras misiones sentí el anhelo de acercarme y conocer más a María.
Recuerdo como si fuera ayer, que entré a la capilla, me senté frente a la imagen de la Virgen de Schoenstatt y le dije: No te conozco, pero quiero conocerte, eso fue todo lo que le dije a Ella y fue suficiente para empezar nuestro caminar.
Desde que la conocí, anhele ser aliada suya pero los tiempos de Ella nunca coincidían con los míos y sentía en mí una especie de recelo, ya que nunca podía sellarse aquello que mi corazón tanto quería. Pero los tiempos de María son perfectos y así también la abundancia con que la responde los deseos de nuestro corazón.
En septiembre del 2017, se cumplió aquello que tanto anhelaba, me volví aliada suya. Recuerdo que el 18 de octubre de ese año, me llamaron para ser jefa en unas misiones de verano. Patria Pater, las famosas misiones de aliados de Schoenstatt. El año pasado, renové mi SÍ a este llamado tan particular de dejar todo en pleno verano e ir a ser instrumentos de la Mater.
Déjenme decirles que luego de tantos años de misión, una entiende que no se va a recibir si no a dar y a llevar el amor de Cristo y de María a los demás. Una deja de esperar salir «misionada», porque ya comprendes que no se trata solo de eso, que ese no es el fin. Que el fin es hacer conocer la palabra de Dios y el corazón de María a las casas. Y para mi sorpresa, luego de muchos años volví a sentir el regalo tan grande de «salir misionada».

En nuestro primer día de misión, llegó la primera gracia, tuvimos la gran bendición de misionar nada más y nada menos que con la Auxiliar. Pude experimentar aquello que mantuvo el corazón de João Pozzobon incendiado por tantos años, aquello que inspiró en el esa entrega plena y total, tuve la oportunidad de llevar a la Auxiliar en mis hombros y llevarla a las casas, tuve la gracia, así como todos mis hermanos de comunidad, de ver ese brillo único y esa la alegría incomparable en los ojos de aquellas personas que recibieron con tanto amor a la Madre tres veces Admirable, pude experimentar en carne propia la obra de la Reina, y sentirme realmente burrito de la Mater.
Aquel día me encontré repitiendo, durante la jornada de misión en silencio, «Madre señálame a dónde quieres ir que mis pies y mi corazón son tuyos y te llevarán hasta dónde quieras».
Ese mismo día, llegó la segunda gracia, junto con mi comunidad pudimos misionar con la Hermana Emilia. ¡Cuánto mimo para el corazón! ¡Cuánto ejemplo vocacional!. Nunca había visto a una persona rezar el Padre Nuestro con tanto amor, y que hermosa gracia el poder compartir con una persona realmente enamorada de su vocación, una inspiración para discernir y encontrar mi vocación personal.
La tercera gracia, llegó el último día de misión cuando me pidieron que, en mi carácter de ministra extraordinaria de la eucaristía lleve a Cristo Eucaristía desde nuestra escuela hasta la Iglesia de Ybytymí.

El poder llevar a Jesús de por sí, es una experiencia indescriptible pero aquel día, fue único, ya que llevaba a Cristo Eucaristía resguardado en la teca y un poco detrás, unos misioneros llevaban a la Auxiliar. Así íbamos caminando todos juntos, cantando y caminando con Jesús y con María y pensé en la cotidianidad, como eso que estábamos que todos viviendo ahí en ese preciso momento es nuestra realidad como católicos en el día a día. El saber que tanto Jesús como María caminan con nosotros todos los días, que son Ellos quienes nos guían y acompañan en cada paso que damos, algo que quizás y muchas veces pasa desapercibido por el trajín y el ruido del mundo. El sabernos acompañados en este caminar no sólo por Ellos si no también por nuestros amigos y hermanos de misión, personas con las que podemos compartir nuestro amor a la Virgen de Schoenstatt y nuestros ideales.
También comprendí, que muchas veces tanto María como Jesús nos hacen esperar un poco antes de regalarnos los anhelos que tenemos en el corazón. Nos hacen esperar quizás un poco, para que cuando llegue la gracia sepamos verlo, sepamos disfrutarlo completamente y podamos ver la abundancia y la generosidad con la que regalan aquello que deseamos y que lo que hacen de las formas más inesperadas, en los lugares menos pensados.
Entendí que la misión primera de todos nosotros es ser evangelio vivo, no solo durante una semana durante unas misiones si no todos los días, es tener el corazón siempre preparado, no solo para poder ver las bendiciones que el Señor y María nos mandan si no para que podamos ser Palabra viva y así podamos misionar en cada lugar donde nos toque estar. Y por último y sobre todo saber que aquello que anhelamos, es una promesa de María y de Jesús esperando a ser cumplida en sus tiempos, y es algo que vendrá por añadidura cuando cumplamos con aquella misión que Ellos nos encomendaron.



