Chiquitunga: Su amor a Jesús y su vocación de apóstol

 

 

Ante este sagrario, que se encontraba en la antigua capilla del Colegio Las Teresas, rezaba Chiquitunga cuando participaba de los retiros de Acción Católica. Actualmente se encuentra en la capilla del colegio teresiano de Asunción.

 

 

 

María Felicia nació en la República del Paraguay, en la ciudad de Villarrica, capital del departamento del Guairá, el día 12 de enero de 1925, ella es la mayor de 7 hermanos, en el seno de una familia “tradicional” y cristiana. Ella se presentaba siempre como “guaireña”.  Sus padres fueron Ramón Guggiari y Arminda Echeverría. El papá, en razón de que era menudita, la apodó “Chiquitunga”. A los 16 años pasó a formar parte de la Acción Católica y después de casi dos años de adhesión entusiasta al movimiento, el día 26 de octubre de 1942, ella “se consagró” al apostolado, consciente de su vocación personal a ese apostolado “integral”, como ella dice y recuerda diez años después:

“Hoy cumplo 10 años, si mal no recuerdo, de mí ¡consagración al apostolado! (subrayado original), la gracia de que, después del Bautismo y la Eucaristía, más indigna es mi persona y la más grande y sublime con que Dios me obsequiara”.

En 1950 se trasladan con toda su familia a Asunción, allí continuó su vínculo con la Acción Católica, trabajó como docente y a los 30 años ingresó al Carmelo y murió enferma de Púrpura en el año 1959, a los 34 años con olor a santidad. Las últimas palabras fueron: “Jesús, te amo, que dulce encuentro, Virgen María”.

EL APOSTOLADO ES MI VOCACIÓN

El Concilio Vaticano II, entre tantas cosas que renovó en la Iglesia, a partir del concepto de la misma como “pueblo de Dios, cuerpo de Cristo y templo del Espíritu Santo”, una de las más importantes y trascendentales fue el tema del puesto del laico en la Iglesia y el de su apostolado, supuesto que el seglar no es un cristiano de segundo orden; y no lo planteó por escasez de vocaciones clericales.

Y fueron saliendo a luz los frutos del Concilio: primero la Constitución “Lumen Gentium” c. V (“La vocación universal a la santidad en la Iglesia”), aludió al tema de la santidad para todos, incluidos naturalmente los seglares: “Todos los fieles cristianos, en las condiciones, ocupaciones o circunstancias de su vida, y a través de todo eso, se santificarán más cada día si lo aceptan todo con fe de la mano del Padre celestial y colaboran con la voluntad divina, haciendo manifiesta a todos, incluso en su dedicación a las tareas temporales, la caridad con que Dios amó al mundo” (n.41). ¡La vocación universal a la santidad, que había llegado a ser para los seglares una utopía!

Pero luego, en el Decreto “Apostolicam Actuositatem” (AA), se declaró explícitamente que la misión apostólica es, no tarea de clérigos, sino incumbencia de todos y cada uno de los cristianos; sea individualmente: “Cada cristiano está llamado a ejercer el apostolado individual en las variadas circunstancias de su vida”; sea organizadamente: “Recuerde, sin embargo, [el cristiano] que el hombre es social por naturaleza y que Dios ha querido unir a los creyentes en Cristo en el pueblo de Dios… Por consiguiente, el apostolado organizado responde adecuadamente a las exigencias humanas y cristianas de los fieles” (n.18).

Antes del Concilio incluso, con el movimiento de la Acción Católica, sin duda ya se había logrado algo fundamental, como es el protagonismo y el reconocimiento de los laicos dentro de la Iglesia y fuera de ella. Dice Y. Congar:

“Los laicos fueron invitados a hacer apostólicamente la Iglesia; a realizar, creándolo a compás, el programa de las relaciones entre la Iglesia y el mundo. En la A. C. de entonces se mostraba una verdadera propensión por la doctrina del cuerpo místico, la participación de los fieles en el culto eucarístico, etc. Se comenzaba a redescubrir que la Iglesia debía también hacerse y hacerse por sus miembros”.

Sin duda María Felicia descubrió su vocación de apóstol, en el movimiento de Acción Católica en el que se abrían muchas puertas a los laicos, sobre todo a tener mayor protagonismo dentro de la Iglesia y del mundo.

De esta manera, el laico iba tomando cada vez mayor protagonismo dentro de la comunidad eclesial, al mismo tiempo, que la propia Iglesia se iba renovando gracias a los nuevos espacios concedidos a los laicos como fruto de las reflexiones que se venían realizando en el seno de la misma.

La acción es el aspecto específico del “apóstol”, del enviado de Jesús… Por eso la “Acción Católica” imantó de tal modo la vida de ella, que puede decir: “Yo siento que el apostolado, ya sea de oración o de acción, ésa es mi vocación… Mi consagración al Señor está hecha; ya nada me pertenece, ni me pertenezco…”.

Una acción apostólica “intensa”, que le exige “intensa unión con Jesús”, “intenso renunciamiento”: “Haz que este ardor de mi corazón se trueque en una vida intensa de unión contigo, Dueño amado, de intenso apostolado por tu gloria y salvación de las almas, de intenso renunciamiento. ¡Vivir sólo para Vos, por Vos y en Vos!”.

Uno de los promotores principales del laicado fue el Papa Pío XII; durante su pontificado se dieron pasos muy importantes en la profundización de la teología del laicado en la Iglesia. El mismo Papa afirma que “todos los fieles, sin excepción, son miembros del cuerpo místico de Cristo”.

No cabe duda de los pasos fundamentales que se fueron dando en su Pontificado, sobre todo con la intención de superar dentro de la Iglesia un elemento puramente activo (la jerarquía) y otro puramente pasivo (los seglares). “Todos los miembros de la Iglesia… son llamados a colaborar a la edificación y al perfeccionamiento del cuerpo místico de Cristo. Todos son personas libres y deben por esto mismo ser activos”.

Esta afirmación del Papa, ella la tomó al pie de la letra, además de tenerle una gran devoción, se sentía parte y “miembro activo” de la Iglesia. Así de decidida y comprometida se la veía a María Felicia: “desde este nuevo momento, sin espera de un minuto, iniciemos la ardua pero hermosa tarea de conocer y hacer conocer a Cristo, más aún ¡vivir en Cristo, para Cristo y por Cristo!”.

  1. Y. CONGAR, Jalones para una teología del Laicado, Editorial Estela, Barcelona, 1965, p. 72. Cabe señalar que la obra de Congar “Jalones para una Teología del Laicado” salió publicado en su original francés ya en el año 1951.
  2. “A la manera que un solo cuerpo tenemos muchos miembros, y todos los miembros no tienen la misma función, así nosotros, siendo muchos, somos un solo cuerpo en Cristo, pero cada miembro está al servicio de los otros miembros. Así todos tenemos dones diferentes, según la gracia que nos fue dada…” (Rm 12, 4-6); “Vosotros sois el Cuerpo de Cristo y sus miembros cada uno en su parte” (1Cor 12, 27); doctrina repetida por S. Pío XII en estos términos: “No hay que creer que esta estructura armoniosamente distribuida, orgánica como suele decirse, de este Cuerpo que es la Iglesia, sea perfecta y se defina sólo por los grados de la Jerarquía… Cuando los Padres de la Iglesia hablan de los ministerios, grados, condiciones, estados, órdenes, funciones de este Cuerpo, no piensan solamente en los constituidos en órdenes sagradas, sino también… etc”. Los laicos, cada cual según sus circunstancias vitales y su situación en el Cuerpo Místico, aportan realmente algo, contribuyendo a edificar el Templo de Dios. En y por la vida de los fieles (también los sacerdotes en cuanto fieles) las energías salvíficas de Cristo se despliegan en la dimensión de la Historia y del mundo para conducir a Dios todas las riquezas de la Creación en la que Cristo es el Primogénito y el rey”. ID., Jalones para una teología del Laicado, Editorial Estela, Barcelona, 1965, p. 136.
  3. F. GUGGIARI, Diario A, 205, en Proceso II, 323.
  4. ID., Diario A, 36, en Proceso II, 242.
  5. ANTÓN, El Misterio de la Iglesia, BAC, Madrid 1986, 608.
  6. ID., El Misterio de la Iglesia, BAC, Madrid 1986, 609.
  7. M. F. GUGGIARI, Csa, 21, 6, en Proceso II, 242

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