En este Martes Santo recordamos el pasaje en el que Jesús demuestra saber quién era el que lo traicionaría y entregaría a las autoridades romanas. Ninguno de sus discípulos entendió de qué hablaba su maestro cuando les dijo que el traicionero se encontraba entre ellos y entregó a Judas Iscariote un pedazo de pan.
Además, sintió que era el momento y desafió a Judas a que “haga pronto lo que debía hacer”, como éste manejaba la bolsa común los demás discípulos no supieron de qué hablaba Jesús y por qué el de la traición salió de ese lugar.
Jesús los quiso preparar para lo que venía y les dijo que debía irse por un tiempo y que no lo podían acompañar. Pedro, impulsivo y sanguíneo, le aseguró que lo seguirá hasta la muerte, pero Jesús vuelve a profetizar que antes de que cante el gallo él, que decía que estaba a muerte, lo negaría no una, sino tres veces.
Tal vez no exista mejor comparación entre los discípulos de Jesús que este pasaje. ¿Cuántas veces nos comportamos de la misma forma que Judas y abiertamente entregamos a Jesús, con plena consciencia de lo que hacemos? En otras ocasiones somos como Pedro, amamos tanto a Jesús que aseguramos que estaremos cerca de él, pero ante el mundo lo negamos varias veces. La ventaja que tenemos es que la misericordia del Señor es infinita y si nos arrepentimos, podemos seguir a su lado.
