“Queremos pedir a María que nos enseñe a anunciar la Palabra de Dios”

Queridos hermanos: es una alegría enorme estar en este templo, verdadero “corazón” y centro espiritual de toda la nación. Recordemos lo que nos decía aquí mismo el Papa Francisco hace años atrás: “estar aquí con ustedes es sentirme en casa, a los pies de nuestra Madre, la Virgen de los Milagros de Caacupé. En un santuario los hijos nos encontramos con nuestra Madre y entre nosotros recordamos que somos hermanos. Es un lugar de fiesta, de encuentro, de familia” (11/6/2015). Sí, estamos en casa, en familia. Como hermanos e hijos de una misma madre, nos sumamos a los miles y miles de peregrinos que desde muchos lugares se han puesto en camino para visitar a nuestra madre en este lugar santo. Estamos aquí para glorificar al Dios Trino y honrar a nuestra amada madre, en este día tan hermoso de su Inmaculada Concepción y de su advocación como Virgen de los Milagros de Caacupé…

– “Nos ardía el corazón cuando nos explicaba las Escrituras” (Cfr. Lc 24,32). Esta es la frase que se ha escogido para esta festividad en este año. Es el año dedicado a la Palabra de Dios, según la propuesta que nos ha hecho la Conferencia Episcopal paraguaya. Y para el día de hoy se nos propone la frase: “Dichosos son más bien los que escuchan la Palabra de Dios y la guardan” (Lc 11,28). Esta es una alabanza que hace Jesús, a su Madre, porque ella, ha sabido escuchar y poner en práctica la Palabra de Dios. Es lo que hoy, queremos pedir para nosotros, al iniciar este año: tener un corazón puro y humilde, como el de nuestra querida Tupasy María, para poder acoger y vivir la Palabra de Dios. En este año, queremos ir a la escuela de María, de nuestra madre y educadora, para que ella nos enseñe:

1) En primer lugar: que nos enseñe a “escuchar”, a leer la Palabra de Dios. María es la gran “oyente” de la Palabra. Desde pequeña, en el hogar, con sus padres san Joaquín y Santa Ana, María aprendió a escuchar la Palabra de Dios. Y de modo especial, cuando se le parece el ángel, -como escuchamos en el Evangelio- Ella se nos muestra como la que escucha y obedece la Palabra de Dios: “He aquí la servidora del Señor, hágase en mi según tu Palabra” (Lc 1,38).

– En este tiempo en que vivimos, no nos es fácil escuchar la palabra de Dios. Nos cuesta hacer silencio en el corazón, necesario para poder escuchar. Vivimos bombardeados, asediados por tantas otras palabras que nos gritan y aturden y nos llenan de ruidos… nos puede suceder que no tenemos tiempo para leer la Palabra de Dios, pero sí, para estar al tanto de todas las noticias en los medios y en las redes sociales. Vivimos saturados de muchas palabras, que pueden sofocar el “hambre de escuchar la Palabra de Dios” (Cfr Am 10,11). Además, el padre de la mentira, Satanás, es un experto para susurrarnos palabras halagadoras, seductoras, que no impiden escuchar la voz de Dios.

– En este año, queremos dedicar mas tiempo a “escuchar”, a “leer” la Palabra de Dios. En el día a día, en la santa Misa, en nuestras casas, en familia, en nuestras reuniones… Pidamos a nuestra Madre un corazón receptivo, para poder escuchar, y digamos cada día como el profeta Samuel: “¡Habla, Señor, que tu siervo escucha!” (1Sm 3,9).

2) Queremos aprender de nuestra Madre a meditar y guardar la Palabra en nuestro corazón. No basta con “leer” o “escuchar”. Es necesario guardar la Palabra, acogerla, meditarla, reflexionarla con cuidado y aprecio, como lo hacía María, la mujer que “guardaba y meditaba la Palabra en su corazón” (cfr Lc 2,19). “¡Felices los que escuchan la palabra y la guardan!”, nos enseña Jesús. Debemos dejar que la Palabra de Dios nos interpele, nos convierta, examine y juzgue nuestras conciencias, purifique lo que está sucio dentro de nosotros, cure y sane lo que está enfermo, haga germinar y crecer lo bueno, nos impulse a tomar esas decisiones que Dios nos pide y que nos cuesta tomar. Por eso, al escuchar la Palabra, debemos también orar, rezar, para que ella penetre dentro de nosotros y nos transforme, con el poder del Espíritu Santo. Pidamos a nuestra Madre, la “llena de Gracia”, tener su corazón puro, de niña, dócil, para no oponer resistencia al poder santificador de la Palabra de Dios.

3) Queremos también pedirle a Ella que nos enseñe a “encarnar”, a vivir, la Palabra de Dios en nuestras vidas. Ella escuchó la palabra y la Palabra se hizo carne, hombre, en su seno purísimo e inmaculado. Siguiendo el ejemplo de María, queremos poner en práctica la Palabra, expresarla en gestos, en obras, en actitudes, en hechos concretos. Jesús, en su Evangelio, nos enseña que el hombre sabio y prudente es aquél que escucha sus palabras y las vive, las pone en práctica (cfr Mt 7,27-27).

– En Cana, María les dijo a los sirvientes en la Boda y nos dice hoy también a nosotros: “Hagan lo que Él les diga” (Jn 2,5).

– Aquí en Caacupé, queremos pedirle a la Inmaculada que nos enseñe a realizar y encarnar en nuestra vida lo que el Señor nos dice: “amarnos unos a otros, como él nos amó” (Cfr Jn 13,34); “servirnos y lavarnos los pies mutuamente” (Cfr Jn 13,17); Él nos dice que debemos perdonar al que nos ofende; que debemos ser solidarios y preocuparnos de los pobres y necesitados; hacemos lo que Él nos dice, cuando trabajamos por la paz a nuestro alrededor; cuando oramos sin desfallecer; cuando cumplimos los mandamientos, es decir, la voluntad del Padre; cuando nos esforzamos en dar la vida por aquellos que amamos…cuando somos misericordiosos, como el Padre lo es con nosotros…

– Hoy nos dice nuestra querida Tupasy de Caacupé: “¡Hacé lo que Él te diga!”. A nosotros como miembros de la familia de Schoenstatt nos dice desde aquí: “¡Hagan, lo que mi Hijo les diga!”.

4) Por último, queremos pedir a María que nos enseñe a anunciar la Palabra de Dios. Que nos enseñe a llevarla, a transmitirla, a comunicarla a los demás. Queremos pedir a la Reina de los apóstoles, que nos envíe desde esta Basílica a ser anunciadores de la Palabra de su Hijo. Como san Pablo, nuestro corazón debe arder y decir: “¡Ay de mi, ay de nosotros, si no anunciamos el Evangelio, la Palabra de Jesús!” (Cfr.1Co 9,16). Sigamos el ejemplo de nuestro querido san Roque González, que guiado por la Virgen Conquistadora, recorrió tantos lugares de nuestra tierra para anunciar el Evangelio y murió dando su sangre por él; sigamos el ejemplo de la beata Chiquitunga, que como catequista, llevaba la Palabra a los hospitales, a las escuelas, a los pobres, a las cárceles…

– ¡No podemos quedarnos cómodos y tranquilos cuando vemos que en tantos corazones, en tantos lugares, no se escucha la Palabra de Dios! En esta Basílica, nosotros, siguiendo el ejemplo del Padre Kentenich, un gran apóstol de nuestro tiempo, queremos renovarnos en el compromiso apostólico y misionero y rezar, como dice la “la oración por el año de la Palabra”: “Renueva nuestra caridad y nuestro espíritu misionero, con la vivencia y el anuncio alegre del Evangelio, para que tu Palabra sea más viva y eficaz en el corazón de los hombres”.

– La Palabra de Dios, vivida y anunciada por nosotros debe combatir y vencer la corrupción. La palabra de Dios anunciada por nosotros debe incidir para que ceda la pobreza y podamos vivir en una patria más justa y con posibilidades para todos; la Palabra de Dios vivida y anunciada por nosotros debe cuidar la vida del niño por nacer; la palabra de Dios anunciada por nosotros creará matrimonios y familias que vivan con fidelidad los valores de Cristo; la palabra de Dios anunciada por nosotros debe combatir la inmoralidad, el machismo, la violencia; La Palabra de Dios enseñada y transmitida con nuestra coherencia de vida, debe seguir construyendo con esfuerzo y esperanza la Nación de Dios y de María que anhelamos que sea el Paraguay.

Queridos Hermanos, en este hermoso día de la Purísima e Inmaculada Virgen de los milagros de Caacupé, renovemos con entusiasmo nuestro amor a María y pongámonos dócilmente en su manos, para que ella nos envíe desde aquí, como servidores y apóstoles de la Palabra de Dios.

Amén

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