Para un schoensttiano, la respuesta debería ser evidente pero… ¿Lo es?
Muchas veces nos encontramos repitiendo las viejas frases: “lo que debe ser, será”; “el destino lo quiso así” o, peor aún, “Dios lo castigó”.
El Padre Fundador nos alertaba sobre el riesgo de caer en la concepción de un Dios sinónimo del cosmos, idea que se afincó en muchas cabezas con la llegada del New Age, en la que la creación es el propio Dios y no su consecuencia. Dios es inmanente y por tanto termina en sí mismo, no en su obra, si así fuese no podríamos llamarnos co-creadores o causas segundas, ya que se daría el absurdo de estar co-creando al propio Dios.
También luchaba contra la noción de un despótico Señor que castiga a sus criaturas cuando le desobedecen. “Acaso piensan que los 18 que murieron al caer la Torre de Siloé eran más pecadores que los demás?”, nos dice Jesús en el Evangelio.
Por otro lado, al fatalismo, destructiva idea que puede, en caso extremo, llevarnos a la apatía y el abandono de toda esperanza, el Padre Kentenich le contrapone la Filialidad, la entrega confiada en manos de un Dios Padre que provee y educa, por veces con guante de hierro, aquello que mejor conviene, aunque no lo percibamos inmediatamente.
Cosa parecida ocurre con el pre determinismo, ya que si todo estaba escrito desde el inicio de los tiempos, ¿De qué sirve luchar por mejorar, por convertirse en hombres nuevos?
A toda esta serie de filosofías que circulan en el mundo desde tiempos inmemoriales y cobran por temporadas mayor o menor fuerza, el Padre José y nosotros sus herederos, las contestamos con la Pedagogía de Alianza.
No hay nada predeterminado, vamos abriendo juntos el camino con nuestro sí o nuestro no; no hay fatalidad hay consecuencias de nuestro accionar personal y colectivo; Dios no es el cosmos ni el cosmos es Dios; el cosmos está en Dios…y nosotros, sus aliados, también.
